En África existieron imponentes bosques, con gran biodiversidad en animales y vegetación, pero con el tiempo, la sequía, el desmonte y la demanda de leña se llevó todo y dejó solo desierto. Guiados por el comercio y el dinero, sus habitantes podaron los árboles para cultivar alimentos en exceso. Con una población tan numerosa, los cultivos eran incesantes y terminaron por explotar el suelo. Es por esta razón que, a partir de ahí, ya nada pudo echar raíces en los intentos de reforestación. El clima seco y el calor empujaron a los habitantes a querer reforestar toda la ciudad, ya que además, por accidente, descubrieron que los alimentos crecían mejor en estas condiciones porque el suelo estaba más fertilizado.

Pero plantar árboles era muy trabajoso. No prosperaba. Por eso, tuvieron que buscar nuevos métodos, cuando un joven se dio cuenta de que los árboles cortados volvían a crecer. Poco a poco, se fue corriendo la voz, y cada vez más agricultores cambiaron su método: dejaron de interponerse en el curso de la naturaleza y les permitieron a los árboles crecer en su ecosistema. De esta manera, el suelo se regeneró y resucitaron las propiedades de la tierra. Siendo uno de los países más pobres, sin necesidad de intervenciones económicas o ayuda externa, pudieron llegar a más de 200 millones de árboles nuevos.
Esta increíble transformación ambiental se fue pasando de boca en boca a los pueblos vecinos para que imitasen el modelo. Lo más curioso es que los árboles regresaron de forma natural. Simplemente los agricultores tomaron una nueva conciencia y decidieron volver a confiar en la naturaleza, lo que les garantizó numerosos beneficios.


















