De niño, fue puesto en la clase especial. Después, en la clase especial de la clase especial. Lo que el mundo le decía a través de esas etiquetas era claro: hay algo mal en vos. Sin embargo, lo que la dislexia en realidad le estaba entregando a su mente era algo completamente distinto.
La dislexia no es una herida del pasado ni un freno para el desarrollo personal; para muchos, es el origen mismo de sus capacidades más valoradas. Se trata, fundamentalmente, de la habilidad única de ver cada problema, situación u oportunidad desde una perspectiva a la que la mayoría de las personas simplemente no puede acceder. En un mundo donde casi todos están entrenados para procesar la información exactamente de la misma manera, quien piensa diferente posee una ventaja estructural.
No se trata de romantizar las dificultades reales que implica transitar la dislexia en un sistema educativo diseñado para un solo tipo de mente. El desafío es genuino, frustrante y muchas veces doloroso. Pero también lo es el otro lado de la ecuación: la capacidad innata de conectar ideas de formas no convencionales, de pensar de manera visual y de encontrar soluciones creativas que a otros se les escapan por completo.

Durante décadas, la narrativa dominante sobre la dislexia estuvo atrapada en la lógica del déficit. Hoy, afortunadamente, hay cada vez más evidencia y más voces que señalan que esa supuesta dificultad es, en muchos contextos, una fortaleza disfrazada.
La historia está llena de ejemplos: ,Agatha Christie, Leonardo da Vinci o Steven Spielberg transformaron sus respectivos campos no a pesar de cómo funcionaban sus mentes, sino justamente gracias a ello.
En definitiva, el problema nunca fue cómo funciona una mente disléxica. El problema siempre fue un sistema rígido que solo sabía medir un único tipo de inteligencia.
