La escuela primaria N.º 12 de Mar Chiquita, provincia de Buenos Aires, se construyó entre febrero y abril de 2018 como la primera escuela pública sustentable del país y la segunda de Latinoamérica. El proyecto se basó en el método Earthship del arquitecto estadounidense Michael Reynolds, pionero de esta tipología, e integró a más de 200 voluntarios y estudiantes de Argentina y del mundo.
El edificio de más de 300 m² se levantó en 45 días con unas 25 toneladas de materiales reciclados –latas, botellas, cubiertas y cartón— combinados con materiales tradicionales. Funciona con paneles solares, captando y reutilizando agua de lluvia y manteniendo temperaturas estables por su diseño bioclimático, sin necesidad de estufas ni aires acondicionados.
La iniciativa fue impulsada por TAGMA, organización uruguaya que en 2016 lideró la primera escuela sustentable de la región en Jaureguiberry. El modelo integra aula, huertas interior y exterior y un sistema de gestión de aguas que recircula el recurso dentro del edificio, a la vez que promueve el uso racional de la energía y la producción de alimentos.
Desde su primer año, la comunidad educativa participó en talleres para aprender el funcionamiento del edificio y más de 10.000 personas visitaron la escuela. La experiencia se consolidó como un ejemplo de articulación entre diseño, educación y participación comunitaria, con foco en el cuidado del ambiente y la sustentabilidad de las relaciones humanas.
Contanos en comentarios qué parte del modelo Earthship te gustaría ver en más escuelas del país y qué preguntas querés que investiguemos en próximas notas. Si conocés la experiencia de Mar Chiquita de cerca, sumá tu testimonio, ¡Queremos escucharte!
Con el calor aparecen más hormigas y no todas se comportan igual. Las cortadoras suelen inquietar porque, al atardecer, recortan hojas, flores y brotes para llevarlos al nido. Otras especies buscan azúcar en flores o en pulgones y, aunque molestan, rara vez destruyen plantas sanas. Cuando se ven caminitos con pedacitos verdes en marcha, probablemente haya cortadoras en escena.
En estos días, lo que más suele agradecer un apoyo son los plantines, los brotes tiernos, rosales, frutales jóvenes y hortalizas de hoja. Un borde fino de ceniza de madera o cáscara de huevo bien molida alrededor de la base dificulta el paso sin lastimarlas. La tierra de diatomeas de grado alimentario, suele ayudar y conviene renovarla después de lluvia o riego. En trasplantes recientes, un anillo sencillo de cartón o plástico alrededor del tallo da tiempo para que la raíz se afiance.
Cuando la idea es que cambien de ruta sin hacerles daño, alcanza con ubicar la entrada del nido al atardecer y aplicar cerca agua de cítricos con moho natural de penicilina durante dos o tres días. Ese olor suele incomodar y mueve la actividad. También funcionan las infusiones frías y concentradas de ruda, menta o laurel en bordes y accesos.
El jardín también responde bien cuando se suma diversidad. Las aromáticas como lavanda, romero, salvia y albahaca tienden a bajar el interés de la zona y acercan insectos que colaboran con el equilibrio del suelo y las plantas.
Si aparecen pulgones en hojas tiernas, atender ese foco ayuda a reducir visitas de hormigas. El jabón potásico suave al atardecer, repetido a los dos o tres días, suele alcanzar. En esta casa, amante del jardín, evitamos insecticidas y cebos tóxicos porque impactan en polinizadores y contaminan el suelo.
Las señales de que todo va en camino son simples menos mordidas nuevas, senderos desviados y brotes que siguen creciendo. Si la actividad persiste, vale sostener estas prácticas un par de semanas. Con paciencia, el jardín se acomoda y las plantas que adoramos llegan más firmes a la próxima estación.
¿Probaste alguna de estas ideas en tu jardín? Contanos qué te funcionó y qué no en los comentarios.
En un mundo donde la basura crece a diario, Pieter Pot propone algo simple y potente: comprar sin envases descartables. Nació en 2021 como supermercado digital y hoy, en 2025, sigue afinando su modelo circular para que el consumo cotidiano tenga menos huella y más sentido.
La clave es el granel con envases retornables. Elegís entre cientos de productos — de alacena, legumbres, frutos secos o especias—, y te llegan a casa en frascos reutilizables mediante bicicletas o vehículos eléctricos y, en el próximo pedido, devolvés los envases para recuperar el depósito. Menos plástico, menos CO2, más comodidad.
Su impacto ya se mide en millones de descartables evitados en Países Bajos y Bélgica. Hoy, la logística está madurando al lograr mejor trazabilidad de envases, ampliación de catálogos locales y alianzas con productores de cercanía. La idea es demostrar que se puede comprar bien, fácil y sin residuos.
Si te interesa este modelo, conocelo mejor en su web https://www.pieter-pot.nl/. Puede disparar ideas simples para tu propio sistema que luego escale. Cada pequeño circuito que cerramos alivia la montaña de basura.
¿Qué idea simple se te ocurre para comprar con menos residuos?
Cada vez más ciudades activan soluciones simples para usar mejor el agua. En Ámsterdam, una red de techos inteligentes capta la lluvia, la guarda y la distribuye cuando hace falta.
El sistema funciona con sensores y válvulas que se ajustan solos; retienen agua para riego en periodos secos, alivian peso en días de tormenta y ayudan a mantener los edificios más frescos sin consumo extra de energía. El resultado es práctico y medible, logrando menos demanda de agua potable para usos no potables, más confort térmico, menos estrés sobre los desagües y un plus de biodiversidad gracias a terrazas verdes que atraen plantas, aves e insectos.
La implementación puede ser gradual y alcanzable. En un edificio, se empieza por una capa de retención sobre la terraza, un tanque o bandejas modulares, y un control básico de flujo. Con eso ya se reutiliza agua para riego, limpieza de espacios comunes y lavado de veredas. El siguiente paso es sumar sensores de humedad y pronóstico para optimizar cuándo almacenar y cuándo liberar. Y cuando varios edificios se conectan, el barrio coordina descargas y comparte datos, escalando el impacto sin complejidad excesiva.
La tecnología está disponible y hay proveedores locales que adaptan el sistema a distintas superficies, desde techos planos hasta patios interiores. Elegir materiales de bajo mantenimiento, plan de limpieza estacional y uno o más responsable simplifica la operación. Pequeñas decisiones ordenadas en un circuito realmente hacen la diferencia.
¿Qué ajuste podría iniciar tu edificio este mes para aprovechar la próxima lluvia?
Los desechos de la industria pesquera ensucian y contaminan nuestras playas. Cada año se descartan millones de caracoles y valvas marinas que podrían tener otro destino.
Newtab-22, el proyecto de diseño fundado por Hyein Choi y Jihee Moo, busca aprovechar materiales naturales para unir sostenibilidad y estética contemporánea. Su principal recurso son las cáscaras de mariscos, con las que crean “sea stone”, un material eco‑friendly con propiedades similares al concreto. Esta mirada creativa, sostenible en lo ambiental y en lo económico, le devuelve valor a un residuo que suele terminar en la basura.
Sea stone se elabora con un proceso manual y de baja energía para no dejar huella negativa en el planeta. Es ideal para jarrones, azulejos decorativos o tableros de mesa, con piezas únicas en color y textura que, a pequeña escala, ofrecen una alternativa sustentable al cemento.
En 2025, el equipo continúa activo con colaboraciones junto a estudios y productores locales para ampliar la recuperación de carcasas, mejorar la trazabilidad del material y sumar nuevos formatos sin perder el trabajo artesanal.
Sigamos buscando maneras de producir en armonía con el ambiente. Las opciones siguen creciendo.
PermaFungi toma algo tan común como el café usado y lo convierte en valor. Con los mismos restos cultivan setas comestibles y, al terminar, ese sustrato vuelve a la tierra como abono para huertas urbanas. Además, con el tejido de los hongos crean envases livianos y compostables que reemplazan plásticos, usando mucha menos energía y generando menos contaminación.
En 2025 la empresa avanza con una nueva planta para escalar la producción de materiales de micelio y mejorar la logística de recolección de café en la ciudad. Abren sus puertas con visitas guiadas y ofrecen talleres para aprender a cultivar y emprender en clave circular, sumando módulos sobre diseño de materiales y evaluación de impacto. Entre sus colaboraciones recientes destaca un estuche de micelio para dos jabones de Savonneries Bruxelloises, disponible desde mayo de 2025 en su tienda y online, y pilotos con comercios locales para reemplazar rellenos y bandejas de embalaje de un solo uso.
Más allá del producto, el mensaje es claro: lo que llamamos basura puede ser el inicio de otra cosa. Al aprovechar recursos locales, cerrar ciclos y compartir su método, acercan la idea de una ciudad donde comer mejor y generar menos residuos van de la mano.
Si te interesa conocerlos, su web reúne información práctica sobre productos, visitas y cursos, y su Instagram muestra el día a día del taller y las novedades. Es una puerta de entrada simple para entender cómo los hongos pueden ayudar a rediseñar nuestra forma de producir y consumir.
Las algas no solo alimentan, también pueden encender cosas. Un equipo de la Universidad de Cambridge mostró que, con cianobacterias, luz y un poco de agua, es posible mantener en marcha un microprocesador durante meses.
La idea es directa y elegante. Las algas verdeazuladas hacen fotosíntesis y liberan electrones. Con un par de electrodos no tóxicos, ese flujo se recoge y se convierte en corriente útil. Relojes, sensores y pequeños aparatos son los primeros candidatos para este sistema, que no busca reemplazar todas las baterías, sino evitar pilas desechables donde no hacen falta.
Hoy, grupos de investigación y startups de bioenergía exploran módulos más durables, carcasas biodegradables y formatos fáciles de escalar. El camino probable empieza por objetos conectados e internet de las cosas y, más adelante, suma combinaciones con otras renovables para ganar potencia.
Energía que se regenera mientras hay luz, sin litio ni cobalto, con mantenimiento mínimo y una huella mucho menor. Otra forma de encender lo cotidiano sin apagar a la Tierra. ¿Te imaginás tu casa con sensores alimentados por algas y sin pilas de un solo uso.
¿Cuándo fue la última vez que caminaste descalzo sobre el pasto? ¿O que te detuviste, sin apuro, a observar cómo bailan las hojas movidas por el viento? ¿Recordás el sonido del mar, el olor de la tierra húmeda, el tacto de una piedra tibia bajo el sol?
Nos hemos habituado a vivir entre edificios, ruido y pantallas, conectados a todo… menos a lo esencial. Corremos detrás del tiempo, de la productividad y de las metas, sin detenernos a mirar el cielo ni a sentir el viento en la piel. En ese ritmo acelerado, olvidamos algo fundamental: somos parte de un ciclo natural mucho más grande que cualquier agenda.
La Tierra sigue ahí, paciente y generosa, recordándonos que sigue viva y que nos espera. Nos invita, con suavidad, a reconectar con nuestra esencia más pura: la de seres vivos que pertenecen a la naturaleza, no separados de ella.
Y sin embargo, nos vamos alejando cada vez más de ella. ¿En qué momento empezamos a creer que estábamos por encima de la naturaleza y no dentro de ella?
Volver a nuestra esencia
No somos visitantes de este planeta. Somos parte del planeta. Somos agua, aire, minerales y energía, exactamente igual que los árboles, los ríos y las montañas. Pero en algún punto de nuestra historia, nos desconectamos.
Nos refugiamos en las ciudades, nos envolvimos de tecnología, nos rodeamos de cemento y luces artificiales. Sin darnos cuenta, empezamos a vivir desanclados de la Tierra.
Y cuando eso sucede, nuestro cuerpo lo siente. Nos invade el cansancio, la ansiedad, el insomnio, la falta de claridad. La mente se acelera, el corazón se cierra. Nos olvidamos de respirar profundo.
La ciencia también lo confirma
El contacto con la naturaleza no es un lujo ni una moda, es una necesidad biológica. La ciencia ha comenzado a confirmar lo que las culturas ancestrales siempre supieron: la naturaleza tiene el poder de sanar. Estudios en psicología ambiental y neurociencia demuestran que el simple hecho de pasar tiempo al aire libre reduce los niveles de cortisol (la hormona del estrés), mejora el sistema inmunológico y favorece la concentración y la creatividad.
Una de las prácticas más estudiadas es el grounding o earthing, que consiste en hacer contacto directo con la Tierra.
La superficie terrestre posee una carga eléctrica negativa y, al caminar descalzos sobre el pasto, la arena o la tierra, nuestro cuerpo absorbe esos electrones libres que ayudan a neutralizar la carga positiva que acumulamos por la exposición constante a dispositivos electrónicos, radiaciones y contaminación electromagnética.
Este intercambio energético natural permite equilibrar nuestro cuerpo a nivel eléctrico, reduciendo el estrés, la inflamación y los efectos de la sobrecarga electromagnética a la que estamos expuestos en la vida moderna.
Según investigaciones publicadas en The Journal of Environmental and Public Health, esta práctica ayuda a:
Reducir la inflamación y el dolor físico crónico.
Mejorar la calidad del sueño.
Equilibra el sistema nervioso y la presión arterial.
Favorecer la regeneración celular
Disminuir el estrés oxidativo y radicales libres (uno de los principales factores del envejecimiento celular).
Nuestro cuerpo está diseñado para estar en conexión con la Tierra. Cuando la tocamos, literalmente nos recargamos de vida.
El desequilibrio invisible
Es decir, en las ciudades vivimos rodeados de ondas electromagnéticas: Wi-Fi, celulares, antenas, cables. Aunque no las veamos, están ahí, vibrando a nuestro alrededor y afectando nuestro campo energético.
Cada día pasamos horas conectados a aparatos, pero desconectados de nosotros mismos.
Nos cuesta dormir, nos cuesta relajarnos, nos cuesta simplemente “estar”.
Y es que nuestro cuerpo necesita volver al equilibrio natural que solo la Tierra puede ofrecer. Cuando caminamos descalzos, cuando abrazamos un árbol o nos acostamos sobre el pasto, nuestro organismo se descarga y armoniza. Es como si la Tierra absorbiera nuestro exceso de energía y nos recordara el ritmo correcto al que deberíamos vivir.
Volver a sentir
¿Qué pasaría si cada día nos regaláramos unos minutos para reconectar con lo natural? Si en lugar de mirar una pantalla al despertar, miráramos el cielo.
Si en lugar de correr, camináramos lento. Si en lugar de hablar tanto, escucháramos más.
La Tierra tiene su propio lenguaje: el susurro del viento, el crujir de las ramas, el olor de la lluvia, el canto de los pájaros. Solo hay que aprender a escucharla otra vez.
Cuando pasamos tiempo en contacto con la naturaleza —aunque sea unos minutos al día—, algo dentro de nosotros se reordena. Se aquieta la mente, se calma el cuerpo, y el alma encuentra refugio.
Cada contacto con la naturaleza es una forma de sanación. No solo del cuerpo, sino también del alma.
Porque cuando nos conectamos con la Tierra, recordamos lo que somos: seres vivos, sensibles, parte de un tejido sagrado que respira y se renueva.
Un llamado a la acción
Hoy el planeta nos está hablando. Nos muestra su cansancio, pero también su esperanza. La pregunta es: ¿vamos a escucharla?
Podemos empezar con algo tan simple como:
Caminar descalzos unos minutos cada día.
Pasar tiempo al aire libre sin auriculares, solo observando.
Cuidar una planta y observar su crecimiento.
Apagar los dispositivos una hora antes de dormir.
Agradecer, en silencio, por cada amanecer.
Cada pequeño acto cuenta. Cada respiración consciente nos devuelve al presente.
La Madre Tierra nos sostiene, nos alimenta y nos sana. Lo único que nos pide a cambio es respeto y cuidado. Porque cuidar la Tierra no es un acto externo: es un acto de amor hacia nosotros mismos.
Volver a ella es volver a nuestro equilibrio natural.
En un mundo cada vez más consciente de su impacto ambiental, la industria textil se encuentra en plena revolución. La creatividad, siempre impulsora de innovación, se está convirtiendo en la fuerza motriz detrás de un cambio de paradigma en la moda que no solo busca la estética, sino también la sostenibilidad.
El cultivo de banano y plátano es una fuente abundante de desperdicio orgánico. Sin embargo, en lugar de relegar estos sobrados a la basura, se están transformando en una fibra sostenible que tiene el potencial de reemplazar a los textiles convencionales como el algodón y la seda.
Esta antigua técnica textil, aunque arraigada en países como Japón, Filipinas y Nepal, está experimentando un resurgimiento sorprendente en Uganda, y a gran escala.
La fibra de plátano no solo ofrece una alternativa respetuosa con el medio ambiente, sino que también presenta beneficios tangibles. Sorprendentemente, absorbe tintas de manera más eficiente que el algodón, reduciendo así el impacto ambiental de los procesos de teñido. Además, su cultivo requiere menos agua y menos tierra en comparación con otros textiles, marcando un paso significativo hacia la sostenibilidad en la producción de moda.
Este es sólo un ejemplo de todo lo que consideramos un desecho y podemos convertir en algo nuevo y de valor. Es cuestión de cambiar la perspectiva.
La creatividad puede no solo dar nueva vida a los materiales, sino también abordar los desafíos medioambientales de nuestra época.
¿Es hora de traer esta innovación a América Latina? La respuesta parece resonar con un sí rotundo. En una región donde la diversidad cultural se entrelaza con una rica biodiversidad, la incorporación de textiles biodegradables como la fibra de plátano no solo sería una declaración de moda, sino un compromiso con un futuro más sostenible.
La creatividad está destinada a ser el catalizador del cambio en la industria textil. Desde transformar residuos en moda hasta desarrollar procesos de producción más eficientes y sostenibles, cada paso cuenta. La moda del mañana no solo será definida por su estilo, sino también por su compromiso con el planeta.
El arte siempre ha sido un espejo de lo humano y de cómo habitamos el mundo. Hoy, iniciativas concretas le dan cuerpo a esa idea. El colectivo Washed Ashore arma esculturas monumentales con plásticos recogidos de playas para mostrar, a escala real, el costo de los desechos marinos. En Londres, Forest for Change de Es Devlin convirtió una plaza en un bosque temporal para hablar de biodiversidad y Agenda 2030. En América Latina, el Festival Concreto en Brasil y el Museo del Reciclaje de Barranquilla impulsan piezas con chatarra y residuos electrónicos, mientras Studio Swine trabaja con plásticos del océano en objetos y performances que viajan por bienales. Incluso marcas y museos empiezan a cambiar materiales: el V&A y el MoMA han exhibido bioplásticos y piezas de micelio, señalando el paso del “objeto eterno” a la obra que nace, vive y vuelve a la tierra.
Estas prácticas no buscan solo sorprender, sino abrir conversación sobre qué materiales elegimos, cuánto duran y qué costo dejan. Al mirar más allá de la estética, el arte sostenible nos invita a revisar hábitos cotidianos y a imaginar una cultura donde creación y cuidado vayan juntos.
La obra se vuelve proceso y responsabilidad compartida, desde talleres comunitarios de arte con residuos hasta residencias que trabajan con materiales locales y biodegradables.
También crece la red que las hace posibles: residencias que financian biomateriales, laboratorios ciudadanos que enseñan a crear pigmentos y papel con desechos orgánicos, y convocatorias que premian proyectos con impacto ambiental medible. Este ecosistema une artistas, comunidad y ciencia para llevar el cambio del taller a la calle.