Nuestra forma de percibir el mundo determina el mundo que creamos. ¿Cómo funciona esto? El universo funciona a partir de ciertas leyes que nos permiten comprender un poquito mejor su mística. En primer lugar, se rige por una lógica holográfica, en donde todo se repite infinitamente, una cosa dentro de otra.
En segundo lugar, todo lo que nos rodea es un reflejo de nosotros mismos. Es fácil notarlo con nuestro ánimo. Cuando estamos tristes, de repente todo el mundo se ve más apagado, mientras que al estar alegres parece que la vida nos sonríe. Si encontramos algo nuestro que no nos gusta empezamos a verlo en todos lados, o por ejemplo, si estamos enamorados, aparece el amor en todas partes. Los ejemplos son interminables.
Entonces, ¿de qué nos sirve saber esto? Si tomamos conciencia de que todo está conectado e integrado, y de que las situaciones que “nos encontramos” son un reflejo de los propios pensamientos, sentimientos y comportamientos, quiere decir que, si cambiamos nosotros, también cambia lo que nos rodea.
Podés transformar el mundo, transformándote vos primero. Esta sabiduría nos permite tomar una perspectiva diferente de las cosas; aprovechar cada oportunidad para conocernos; entender que las cosas no “me las hacen a mi”; usar las leyes en nuestro favor. Si tenemos un propósito claro, el mundo va alinearse con eso y darnos las respuestas.
Vos mismo determinas tu realidad. ¿Ya sabes que querés crear?
Ikigai es un concepto de la filosofía japonesa que nos invita a explorar el propósito de la vida con suavidad y constancia.
Todos tenemos un ikigai. Hay cuatro ejes que orientan esta búsqueda; lo que amamos o nos gusta, lo que sabemos hacer, aquello por lo que podemos recibir una retribución y lo que el mundo necesita de nosotros. Al poner foco en estos puntos, se abre una mirada más amplia sobre nuestras posibilidades y nos ayuda a entender el rol que tenemos en la red.
La filosofía ikigai invita a prácticas simples que sirven de anclaje. Volver al presente con pequeñas pausas conscientes. Sostener contacto con la naturaleza en lo cotidiano. Registrar qué nos hace bien y qué nos drena para elegir mejor. Dar pasos pequeños, sostenidos, en dirección a nuestros propósitos. Empezar el día con uno de estos gestos cambia el tono de lo que sigue.
Autores como Héctor García y Francesc Miralles acercaron esta filosofía con claridad en “Ikigai: el secreto japonés para una vida larga y feliz”, y su espíritu se apoya en dos claves: menos presión por encontrar la gran respuesta y más presencia en el proceso.
El camino del Ikigai es una puerta para conocernos más y recordar nuestro valor. Cuando cada persona descubre, aunque sea de a poco, el por qué y el para qué de estar acá, la vida gana color y sentido. No siempre es simple verlo claro, y está bien que cambie con el tiempo. Aun así, estamos encarnados por algo.
¿Alguna vez pensaste que quizás la oscuridad y la luz son parte de lo mismo? Si en vez de una línea con paz en un extremo y dolor en el otro, miramos un círculo, los aparentes opuestos se tocarían.
La mente sufre al compararlo todo con lo que cree que debería ser. Cuando no negamos la sombra, y emprendemos un camino para poder integrarla, cambia la forma de ver las cosas. Aceptar la totalidad de luz y sombra es dejar de pelear con lo que es para poder volver al presente.
Integrar no es justificar ni resignarse. Es reconocer la experiencia tal como es para recuperar libertad de respuesta. Desde ahí, lo que llamábamos problema puede volverse información, y lo que parecía amenaza puede convertirse en un umbral para transformarnos.
La unidad no borra las diferencias, porque les da un contexto donde dejan de dominar.
Esta mirada también desactiva la rigidez de las etiquetas. En lugar de “esto es bueno, aquello es malo”, aparece un continuo con matices. En ese continuo podemos movernos con menos juicio y más discernimiento.
La paz no llega por negar el dolor, sino por incluirlo sin que nos trague. Cuando dejamos de resistir, el círculo se hace visible y la energía vuelve a fluir.
Estar presentes nos permite estar integrados, estar alineados con lo que verdaderamente somos, tener una visión más amplia y más consciente sobre nosotros mismos y el entorno. Nuestra mente tiende a saltar de un lado a otro, malgastando recursos, preocupándose por cosas fuera de nuestro control que generan pensamientos rumiantes, que van y vienen, como una vaca de 7 estómagos.
Para encontrar este foco, estar en el aquí y ahora es la forma, conectados con nuestra experiencia interna y, aprovechando el reflejo de esta que me ofrece lo externo.
El gran aprendizaje está en poder observarse. Poner el foco de la atención hacia adentro. En la escuela esto no siempre queda claro, ya que cuando el maestro o maestra nos dice “estén atentos”, normalmente no nos están enseñando cómo hacerlo. Incluso llegamos a disociarnos de lo que nos pasa, poniendo la atención afuera.
Porque, en realidad, en la auto observación, , la atención tiene que ver con una sensación física que la acompaña siempre, que nos recuerda la existencia de nuestro cuerpo, y por ende, de nuestro presente. Las emociones también quedan registradas en nuestro cuerpo a través de las sensaciones.
Tip para la concentración:
Cuando mi mente salta como un mono, traer mi atención al cuerpo físico y sus sensaciones me trae al presente.
Por ejemplo :
Llevo mi atención a mi dedo gordo del pie, hago un movimiento interno físico y puedo registrar la sensación asociada. A partir de estas sensaciones, puedo observarme y prestarme atención, y sentir como me siento?
Que es la concentración?
No es más que esta misma sensación de atención, mantenida durante un tiempo. Se puede entrenar por tanto. Con estos ejercicios, como poner atención a nuestros pies mientras caminamos, sentir la verticalidad de mi cuerpo… encorvado? Que me está pesando ? Así aprendemos a registrar nuestra atención a través de las sensaciones del cuerpo y observarnos… hacerle un lugar a lo que nos pasa y aceptarlo para integrarlo.
Así, podemos ayudar a las personas a encontrar esa concentración, gracias a la comprensión de la auto observación. Sin embargo, muchos niños ya traen esto incorporado (in-corpore, dentro del cuerpo), y les desconectamos de sus sensaciones de atención a su propio ser exigiéndoles que “presten atención“, llena de tensión y los llevamos a una posición de defensa ante la vida, a armar un personaje alejado de su ser esencial, y esto hace que pierdan la naturalidad y transparencia propia que traemos de nacimiento.
Llenarlos de conocimientos estandarizados, también es una manera de desconectarlos, porque no damos espacio a que florezca la capacidad innata de cada uno , su potencial interno, los dones que vino a manifestar y sus propias capacidades a desarrollar.
Para ello, es necesario el autoconocimiento, la conexión con el presente y imprescindiblemente la auto observación que conlleva el respetarse a uno mismo y a los otros.
Estar en presencia plena es lo que nos permite actuar desde un lugar honesto con nosotros mismos, usar todas las herramientas que tenemos en conexión con nuestro interior, y así poder manifestarlas , y generar una gran influencia en el exterior.
Estamos aprendiendo todos juntos…
Nos acompañamos, porqué todos estamos en, unos a desaprender lo viejo y dar lugar a empezar a registrarnos desde el cuerpo…, y dejándonos volver a inspirar por los que acaban de llegar, y así, al mismo tiempo, podremos acompañarlos a manifestar lo que traen propio, sin desconectarlos de ellos mismos, por nuestro “amoroso afán” de enseñar.
Cada experiencia que vivimos está codificada en nuestras células. Estas memorias afectan nuestra vida presente, a tal punto que nos predispone a percibir y a comportarnos de una forma predeterminada, ligada a nuestro pasado. Nuestras células guardan en un archivo todas las memorias relacionadas con un hecho asociado a la forma en que fue resuelto, y si el resultado fue doloroso o no. Cuando estamos bajo estrés, respondemos a las situaciones con los patrones que nos han permitido sobrevivir tanto a nosotros como a los miembros de nuestra familia.
Estos patrones propios y transgeneracionales están grabados en la memoria de nuestras células y hacen que respondamos en forma automática para asegurarnos la supervivencia física o emocional. Si esto funcionó en el pasado, seguro volverá a salvarnos esta vez. Estos mecanismos psicoenergéticos bloquean nuevas respuestas creativas, ya que bajo estrés lo nuevo se vive como una amenaza y nuestro sistema de creencias se aferra a lo conocido, aunque sea improductivo.
La decodificación de la memoria celular es una valiosa herramienta que nos permite acceder al archivo de nuestras memorias inconscientes, descubrir cuáles son los mecanismos que repetimos y liberar el estrés acumulado. Nos permite trabajar nuestras limitaciones y bloqueos, ya sean miedos, fobias, compulsiones, síntomas físicos, relaciones interpersonales, y/o dificultad para manifestarnos en las distintas áreas de nuestra vida. Esto nos habilita a recuperar la posibilidad de responder en forma renovada y consciente a los desafíos que se nos presentan, y expresar nuestro potencial creativo, dones y talentos para transformar nuestro presente, y también ofrecerlos para la creación de una nueva sociedad.