Un nuevo estudio publicado en la revista científica npj Aging (del grupo Nature) sugiere que la psilocibina —la sustancia activa de los hongos— podría influir en los procesos biológicos del envejecimiento.
Los investigadores observaron que el psilocino (el principio activo de la psilocibina) extendió la vida de células humanas en laboratorio y mejoró la supervivencia de ratones de edad avanzada, además de reducir el estrés oxidativo y activar mecanismos celulares vinculados con la longevidad.
El hallazgo marca un punto de inflexión: por primera vez, una sustancia tradicionalmente asociada a la experiencia interior y a la conciencia aparece relacionada con procesos fundamentales del tiempo biológico.
Durante décadas, el envejecimiento fue entendido como un deterioro inevitable. Hoy, la ciencia comienza a verlo como un proceso dinámico, influido por el entorno, el estrés, los vínculos sociales y la forma en que vivimos.
Este estudio abre una pregunta que va más allá de la farmacología: si algo capaz de modificar la percepción y la conciencia también impacta en la biología, ¿qué relación existe entre cómo vivimos y cómo envejecemos?
La longevidad deja entonces de ser solo una cuestión de años y se convierte en una reflexión cultural: sobre el cuidado, el sentido y las condiciones que hacen posible una vida más plena.
¿Cuánto creemos que las cosas son como nosotrxs las vemos? Solemos confiar con certeza en nuestra mirada del mundo y nos guiamos por eso. Pero, si nos detenemos a reflexionar, en realidad nuestra visión es limitada, e incluso un búho ve más que nosotrxs. También nuestros oídos son limitados, y un perro escucha más que nosotrxs. En realidad, todos nuestros sentidos son limitados y, sin embargo, creemos en ellos para formar nuestra visión de la realidad. Entonces, hoy en Bindi nos preguntamos: ¿por qué estamos tan apegados a nuestra forma de percibir?
Si entendemos que nuestra mirada siempre está limitada por los filtros que cada unx trae puestos, entonces podemos comprender y empatizar con otras maneras de ver el mundo y las situaciones. Comprender que nuestra verdad no es “la” verdad, sino una percepción propia distorsionada. Tener esto presente nos sirve, no solo para expandir nuestra conciencia, sino también para desapegarnos de nuestras propias limitaciones. Por ejemplo, si siempre percibimos que somos insuficientes y creemos en esto como una realidad objetiva, no nos permite salir de ese cuadro y hacer algo distinto, y nos limita a una visión, ya que se vuelve una realidad objetiva que somos insuficientes.
Tenemos la capacidad de crear nuestra propia realidad, y para ello debemos desapegarnos de las creencias y percepciones engañosas que nos limitan, y en su lugar construir nuevos lentes que nos permitan conectar con un saber más profundo.
Mirar más allá de lo que vemos; escuchar más allá de lo que oímos; creer más allá de lo que percibimos: la perspectiva nos demuestra como toda situación, vínculo o dificultad puede cambiar, si tan solo nos paramos desde otro lugar.
Hoy en Bindi te invitamos a habitar ese lugar y percibir con una mayor conciencia.
Nuestra forma de percibir el mundo determina el mundo que creamos. ¿Cómo funciona esto? El universo funciona a partir de ciertas leyes que nos permiten comprender un poquito mejor su mística. En primer lugar, se rige por una lógica holográfica, en donde todo se repite infinitamente, una cosa dentro de otra.
En segundo lugar, todo lo que nos rodea es un reflejo de nosotros mismos. Es fácil notarlo con nuestro ánimo. Cuando estamos tristes, de repente todo el mundo se ve más apagado, mientras que al estar alegres parece que la vida nos sonríe. Si encontramos algo nuestro que no nos gusta empezamos a verlo en todos lados, o por ejemplo, si estamos enamorados, aparece el amor en todas partes. Los ejemplos son interminables.
Entonces, ¿de qué nos sirve saber esto? Si tomamos conciencia de que todo está conectado e integrado, y de que las situaciones que “nos encontramos” son un reflejo de los propios pensamientos, sentimientos y comportamientos, quiere decir que, si cambiamos nosotros, también cambia lo que nos rodea.
Podés transformar el mundo, transformándote vos primero. Esta sabiduría nos permite tomar una perspectiva diferente de las cosas; aprovechar cada oportunidad para conocernos; entender que las cosas no “me las hacen a mi”; usar las leyes en nuestro favor. Si tenemos un propósito claro, el mundo va alinearse con eso y darnos las respuestas.
Vos mismo determinas tu realidad. ¿Ya sabes que querés crear?
¿Escuchaste hablar de las siete leyes del Kybalion? Son principios atemporales que describen cómo funciona el Universo. Este texto reúne los principios universales vinculados a la sabiduría ancestral de Hermes Trismegisto. Estos son:
Ley del Mentalismo El universo es una manifestación mental creativa de la que formamos parte. Lo que pensamos moldea nuestro paisaje interno y externo.
Ley de Correspondencia Los planos están conectados: lo mental impacta en lo físico y espiritual, y viceversa. Como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera.
Ley de Vibración Nada está quieto. Todo se mueve y vibra, desde lo más sutil hasta lo más denso.
Ley de Polaridad Todo tiene su par complementario. Día y noche, vida y muerte: extremos que se equilibran.
Ley de Ritmo Todo fluye. Lo que sube baja, lo que avanza también descansa. El balance es la constante.
Ley de Causa y Efecto Cada efecto tiene su causa, y cada causa, su efecto. No hay azar puro, hay tramas de sentido.
Ley de Género En todo existe un principio masculino (yang) y uno femenino (yin) en sentido energético. Más allá del cuerpo, es la fuerza de crear, concebir y dar forma.
Al aprender a percibir el campo donde se dan pensamientos, emociones y acciones, se abre la posibilidad de ver conexiones que antes pasaban inadvertidas, cambian los vínculos, las decisiones y las consecuencias que aparecen en la vida real. Estas siete leyes ofrecen una mirada integral para lo cotidiano. Si “como es adentro es afuera”, tal vez lo externo está señalando algo interno.
Explorar cómo estos principios se reflejan día a día puede abrir caminos de co‑creación con el Universo que habitamos.
La ansiedad forma parte de nuestro diseño biológico, porque es un sistema de alerta que busca cuidarnos cuando percibimos amenazas. El foco no está en eliminarla, algo inviable, sino en aprender a regularla y entender qué intenta decirnos.
En lo cotidiano sobran disparadores; pantallas encendidas, noticias que inquietan, exigencias laborales, comparaciones en redes sociales. El sistema no siempre distingue entre peligro real e imaginado, por eso responde como si todo fuese urgente. Cuando pasa, la claridad se estrecha y aparece el automático.
Con la práctica podemos ensayar otras respuestas. Observar qué activa la alarma en cada un@; desde pensamientos repetidos hasta contextos o hábitos que tensan el cuerpo. Nombrar la emoción baja su intensidad y volver a lo simple también ayuda. Respiración lenta y nasal, pausas sin pantalla, caminar un rato, hidratarse, ordenar el descanso. Si persiste o interfiere con la vida diaria, sumar a un profesional es un gesto de cuidado.
Desde Bindi proponemos escuchar la señal sin pelear con ella. Hay una raíz que puede mirarse con paciencia y acompañamiento. Cuando la ansiedad encuentra cauce, se vuelve aliada para ajustar límites, prioridades y ritmo. Un camino para habitar el presente con más espacio.
Si este tema te resuena, compartí la nota con quien lo necesite y guardala para volver cuando haga falta.
En un mundo lleno de diferencias, el corazón de distinción late en cada un@. Lo que nos hace singulares no separa, es más, aporta, porque es parte de la riqueza compartida.
Cuando cambiamos la lente y miramos la diferencia con curiosidad, la percepción se ensancha y la unión se vuelve posible.
La pregunta sigue siendo cómo ampliar la inclusión. Una pista aparece cuando recordamos que somos un fractal de la Tierra; así como el planeta integra montañas, océanos, selvas y desiertos en un mismo tejido vivo, cada persona trae una esencia que completa el conjunto.
La diversidad no es una amenaza a gestionar, es una fuente de sentido. En lugar de temer lo desconocido, abracemos su potencia, porque en la variedad se revela la abundancia de la experiencia humana.
Abrazar el corazón de distinción comienza al reconocer que la singularidad es un regalo. Al escuchar y aprender de otras historias, al valorar perspectivas distintas y celebrar la diversidad en todas sus formas, contribuimos a un movimiento que honra cada latido, cada mirada y cada voz.
El corazón de distinción late en tod@s.
Dejemos que su poder ilumine el camino hacia un mundo más inclusivo, más consciente y más enriquecido por la presencia de cada ser.
¿Alguna vez pensaste que quizás la oscuridad y la luz son parte de lo mismo? Si en vez de una línea con paz en un extremo y dolor en el otro, miramos un círculo, los aparentes opuestos se tocarían.
La mente sufre al compararlo todo con lo que cree que debería ser. Cuando no negamos la sombra, y emprendemos un camino para poder integrarla, cambia la forma de ver las cosas. Aceptar la totalidad de luz y sombra es dejar de pelear con lo que es para poder volver al presente.
Integrar no es justificar ni resignarse. Es reconocer la experiencia tal como es para recuperar libertad de respuesta. Desde ahí, lo que llamábamos problema puede volverse información, y lo que parecía amenaza puede convertirse en un umbral para transformarnos.
La unidad no borra las diferencias, porque les da un contexto donde dejan de dominar.
Esta mirada también desactiva la rigidez de las etiquetas. En lugar de “esto es bueno, aquello es malo”, aparece un continuo con matices. En ese continuo podemos movernos con menos juicio y más discernimiento.
La paz no llega por negar el dolor, sino por incluirlo sin que nos trague. Cuando dejamos de resistir, el círculo se hace visible y la energía vuelve a fluir.
Los seres humanos en ciudades, y muchos quienes vivimos en el campo, hemos perdido el vínculo sagrado con la naturaleza. Esa delicadeza, respeto y sensibilidad que conservaron por milenios nuestras comunidades ancestrales u originarias para relacionarse con la Pachamama, o gran Madre-Espacio-Tiempo, y con sus ritmos micro y macro cósmicos.
Al irnos trasladando a los centros urbanos y hacernos cada vez más sedentarios fue, poco a poco, instalándose una conciencia antropocéntrica, separada de nuestra naturaleza esencial original, o sentido de unidad y unión con el todo. Junto con ello, fuimos olvidando los pagamentos, las ofrendas y las celebraciones de agradecimiento para honrar los ciclos y la continuidad a la vida, y como consecuencia perdimos nuestra identidad espiritual.
En lugar de ser los amantes y guardianes de los ritmos, ceremonias, cantos y alabanzas a la Madre Tierra-Padre Cosmos –rol fundamental del ser humano que los pueblos indígenas todavía conservan–, nos convertimos en los estrategas, productores y consumidores de sus regalos. Olvidamos nuestra labor fundamental en el concierto de la vida, y en lugar de tomar sólo lo necesario y hacer lo que nos corresponde, nos posicionamos al centro, como los creadores, y nos tomamos todo el espacio. Instauramos las filosofías y las ciencias para validar nuestra separación –fuente profunda del sufrimiento humano– y nos exiliamos de nuestros hermanos y familia terrestre.
De un día para otro, ya no podíamos escucharlos. Ya no podíamos sentir el susurro amoroso de nuestra Madre, acunándonos, tampoco las instrucciones del padre, abriendo el camino, clarificándolo. Nuestro corazón empezó a cerrarse, y ya no recibía la abundante energía con sus bendiciones sanándonos. De esta triste separación surge la intención de Pachamama Alliance de cómo ayudarnos mutuamente a recordar cómo era escuchar a la Tierra. Cómo se siente el estar íntimamente comunicados, nutridos y amados por ella.
Lo primero que intuyo podemos hacer para volver a sentir nuestro vínculo con ella es retirar tanta atención y poder entregado a las diversas tecnologías y aparatos electrónicos. Volver a verlos como lo que son, máquinas e instrumentos, y retornar al cuerpo. Pues es por nuestras venas por donde corren, literalmente, los ríos de la Tierra. Y es en nuestro corazón donde podemos sentir el espíritu de todos los seres. Sentir nuevamente la unión.
Lo segundo podría ser volver a mirarla, acariciarla. Contemplar su belleza, reconocer sus besos en el rocío, en la brisa, en el atardecer que para nosotros jamás olvida. Entrar en contacto físico y sensorial con ella. Allí están sus mensajes y cariños en las flores, en las nubes, en el canto de las aves, de los grillos, en el zumbido de las abejas o de un colibrí. Siempre nos habla, todo está sincronizado y en todas partes hay instrucciones, como nos enseña el líder ceremonial andino, Arkan Lushwala, nuestro guía en el arte de la escucha profunda a la Tierra.
Y lo tercero es silenciarnos, atesorar la quietud, la comunión con el vacío que somos, lo que nos permite descansar en el ser. Pues no hay escucha posible en una mente demasiado activa y antropocéntrica, que prioriza el intelecto, las emociones y las relaciones exclusivamente humanas.
Todo fluirá mejor si nos reubicamos en la posición y conciencia que nos corresponde: la de un integrante más en el gran árbol de la vida.
Entonces, quizá, si humildemente nos silenciamos, si acallamos la gran corriente de ideas y pensamientos, si abrimos el corazón y nuestros sentidos físicos y espirituales, a una escucha más amplia, más vulnerable, más sutil, quizá, sólo quizá, podamos percibir el más grande de todos los regalos: la ternura amorosa, dulce y sabia de nuestra Madre.
Cuando nos preguntan cuántos años tenemos, iniciamos la cuenta a partir del día que nacimos, dejando en evidencia que los meses previos que vivimos en el vientre materno quedan en sombra. Tenemos interiorizado que nuestra vida se inicia en el nacimiento y nos organizamos conscientemente a partir de allí, sin considerar el impacto de nuestras vivencias, experiencias y emociones vividas en el útero como parte relevante de nuestra existencia.
Hasta ahora la ciencia ha considerado que el cerebro y el sistema nervioso central eran causa y origen de la conducta y de la psique humana, viendo en el embrión solo genes, células, tejidos y procesos biológicos y bioquímicos, en lugar de ver en él a un ser consciente. Sin embargo, se ha comprobado que las memorias de lo vivido en este periodo quedan guardadas en nuestras células y se evidencian en nuestro cuerpo, en nuestra manera de comportarnos y en nuestra forma de relacionarnos y pueden manifestar como sueños recurrentes, pensamientos, hábitos, miedos, síntomas, etc.
Según la psicología pre y perinatal, nuestra biografía empieza el día de nuestra concepción. No nos convertimos en personas en algún momento de nuestra vida, sino que nos desarrollamos como personas desde que somos concebidos, porque desde el inicio ya tenemos nuestra propia identidad y personalidad única. Por lo tanto, muchas de nuestras conductas y formas de responder ante las situaciones que se nos presentan en la vida adulta no provienen de nuestra infancia sino desde el inicio de nuestra gestación en el útero materno.
Hay innumerables evidencias que todas aquellas experiencias vividas durante los nueve meses de nuestra gestación dejan huellas impactantes en nuestro desarrollo como seres humanos. En los treinta años que me dedico a trabajar con la Técnica de Decodificación de la Memoria Celular, he podido comprobarlo en innumerables casos. Por ejemplo, personas que sintieron que decepcionaban a sus padres o madres porque ya sabían antes de nacer que no eran el varón o la nena que ellos hubieran deseado. Como consecuencia algunos desarrollaron una sentimiento de no ser suficientes, de baja autoestima, otros mucha autoexigencia para dejarlos contentos, o se sobreadaptaron por miedo a ser rechazados.
En las últimas décadas, diferentes psicólogos y psicoterapeutas han descubierto casos tanto de adultos como niños/as que recuerdan espontáneamente sus vidas prenatales y sus nacimientos y que estos recuerdos han sido corroborados por registros hospitalarios o por la información facilitada por sus padres y madres.
Recuerdo el caso de una joven que no tenía ninguna dificultad biológica para ser madre pero no podía quedar embarazada. Durante la consulta apareció que durante su gestación ella había sentido mucho miedo a morir. Al hablar con su madre, descubrió que ella había perdido varios embarazos antes de su llegada y que tenía pánico a que volviera a suceder. En un segundo encuentro pudimos liberar ese miedo a la pérdida guardado en su memoria inconsciente y al poco tiempo me llamó para contarme que estaba esperando mellizos.
La psicóloga Wendy Anne McCarty, autora del libro “La conciencia del bebé antes de nacer”, documenta experiencias que han demostrado que somos seres conscientes y sensibles desde el inicio de la vida, y que existimos como seres sensibles desde antes de nuestra vida física y que así ha sido desde el comienzo de la existencia humana. Muchas culturas antiguas lo corroboran. De hecho, sus costumbres en torno al momento del nacimiento y el cuidado del embarazo son totalmente coherentes con los descubrimientos que está realizando la ciencia contemporánea, y se hallan a años luz de las erróneas prácticas seguidas en la vida modernas. De hecho, en los países de Oriente, en la época antigua, al momento de nacer ya se celebraba el primer año de vida, dado que consideraban que nuestra existencia no se iniciaba con el nacimiento sino en el mismo momento que fuimos concebidos.
Si podemos ampliar nuestra percepción para incluir estas memorias que nos constituyen, comprobaremos que empezamos a vivir antes de nacer y recordaremos que llegamos al mundo plenamente conscientes desde el inicio de la vida.
¿Cómo podemos elegir desde un lugar más consciente?
En cada etapa de la vida, cuando enfrentamos momentos difíciles, se nos presenta la oportunidad de elegir. Podemos explorar nuestra existencia y cambiar la dirección de nuestro camino. Ya sea en momentos difíciles o de tranquilidad, llegamos a una encrucijada donde nuestras decisiones impulsan nuestra transformación personal.
Nuestras elecciones, incluso las más automáticas, influyen profundamente en nuestra realidad.
A lo largo de la historia, las crisis no siempre nos salvan automáticamente, pero sí nos ofrecen la oportunidad de elegir conscientemente. Cuando todo parece desmoronarse, podemos examinar nuestras elecciones pasadas y creencias arraigadas. Desde esta introspección, podemos dar forma a un futuro más auténtico.
Durante la pandemia, la humanidad se encontró en una situación única. Las tendencias hacia el aislamiento, la dependencia de la tecnología y la pérdida de conexiones personales se hicieron más evidentes. Las elecciones inconscientes que nos llevaron a este punto quedaron al descubierto, mostrándonos un posible futuro extremo.
En este proceso de elección, también se destaca la importancia de cuestionar nuestras creencias arraigadas. Para lograr una transformación real, debemos desafiar las creencias que forman la base de nuestro actual modo de vida. La pregunta persistente es: ¿estamos dispuestos a dejar atrás lo conocido y abrazar la posibilidad de un renacimiento personal y colectivo?
Este llamado a la reflexión y acción nos recuerda que, aunque las crisis pueden ser poderosos impulsores, la elección consciente siempre está presente. Más allá de los momentos difíciles, una verdad innegable emerge: la elección no tiene fondo. Solo se convierte en fondo cuando elegimos levantarnos desde ahí.
En cada paso de la vida, enfrentamos decisiones, incluso las aparentemente pequeñas. La conciencia de nuestras elecciones nos da poder, nos permite superar los límites que nosotros mismos nos imponemos y moldear un destino que refleje nuestra verdadera esencia.
Así, en este viaje de autodescubrimiento y transformación, recordamos que la verdadera libertad reside en elegir conscientemente.