Espero que estén listas porque en Septiembre y Octubre llevamos todas estas propuestas – y seguro se sumen más- a Berlín y Barcelona. Queríamos volver hace rato y estábamos con muchas ganas de compartirles este notición. Qué hermoso va a estar.
La Nave Poblenou
Carrer de la Ciutat de Granada, 34, Sant Martí, 08005 , Barcelona,Spain+ Google Map
El 9 de octubre llega “Lágrimas de fuego”: una película donde la fuerza de sus personajes, la intensidad de su trama y los guiños a la realidad se mezclan en un mundo disparatado, con vestuarios y actuaciones salvajes que construyen un universo vibrante, emotivo y desbordante.
AGOTADO! ⛱️☀️MAR DEL PLATA Este 23/10 Damián Kuc va a mostrarles toda la investigación que hizo para un próximo video sobre EXORCISMOS. Vamos a reir, beber cerveza y ver videos impresionantes que no podría poner en el informe final. Quedan muy poquitas entradas no cuelguen. Disponibles en @club.tri o en el enlace de mi perfil. Ahi nos vemos!!
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Un hombre se para en el escenario. No actúa, no da cátedra. Se muestra. Con humor, crudeza y sin necesidad de impresionar, Boy Olmi comparte un viaje personal que podría ser el de cualquiera de nosotros.
🔹 Dirección y dramaturgia: Shumi Gauto 🔹 Sobre relatos de Boy Olmi 📍 Teatro Picadero 📅 Estreno: 18 de octubre – 20 hs 🎭 5 únicas funciones
$33000
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👽 ¡Ya hay fecha para el Festival Alienígena 2026 en Capilla del Monte! 🚀
Uno de los eventos más esperados del verano cordobés ya tiene su lugar en la agenda: del 6 al 14 de febrero Capilla se convertirá nuevamente en el epicentro de la mística, la diversión y el turismo. Habrá actividades para toda la familia, música, stands, talleres y, por supuesto, la clásica energía que atrae a visitantes de todo el país y del mundo.
👉 Muy pronto se conocerán más detalles de la programación. ¿Ya pensaste con quién vas a vivir esta experiencia única?
La Nave Poblenou
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Desde que tengo memoria, la naturaleza ha sido mi refugio y mi maestra. Desde chica, mi manera de comprender muchas cosas estuvo profundamente ligada a ella. Cada momento que pasaba al aire libre, cada detalle, por pequeño que fuera, me recordaba que la vida es algo sagrado en el que todo está conectado; que no estamos separados del entorno, sino que formamos parte de un gran ecosistema vivo que nos sostiene y nos cuida.
Recuerdo pasar horas observando los detalles más simples: cómo las hormigas trabajaban en equipo cargando sobre sus espaldas un pedacito de vida mucho más grande que ellas; cómo el canto de los pajaritos al amanecer se convertía en un concierto privado; o cómo se iba desarrollando una nueva vida con cada brotecito de las plantas y árboles, especialmente en primavera. Esas pequeñas escenas me enseñaron desde muy temprano que la vida es un entramado de relaciones invisibles, donde cada ser tiene un propósito y cada gesto deja huella. No necesitaba demasiado: bastaba mirar alrededor para sentir que formaba parte de algo inmenso y sagrado.
Así fué que, con los años, comprendí que no somos dueños de este planeta, sino parte de él. Los animales, las plantas, el agua, el aire… todos formamos un mismo ecosistema que respira y late en equilibrio. Cuando rompemos esa armonía, nos lastimamos a nosotros mismos. Cuando la cuidamos, florecemos junto con ella.
La vida me llevó a estudiar, a formarme y a transitar espacios que parecían alejados de aquella niña curiosa que hablaba con las plantas y abrazaba los árboles. Pero en realidad, nunca me alejé. Esa conexión profunda con la naturaleza se convirtió en mi brújula, en la voz interior que me recordaba que el verdadero éxito no está en acumular, sino en respetar, cuidar y agradecer.
Hoy, miro hacia atrás y sonrío al reconocer que todo lo que soy nació de esos pequeños momentos de contemplación. Fue allí, en la infancia, donde descubrí que el agua no es solo agua: es memoria y movimiento. Que los árboles no son solo madera: son guardianes del tiempo. Que los animales no son recursos: son compañeros de viaje con quienes compartimos el mismo hogar.
Sé que vivimos en un mundo que nos empuja al ruido, a la prisa, a la desconexión. Pero también sé que cada uno de nosotros puede elegir detenerse, respirar y volver a escuchar el latido de la Tierra, porque ese latido también es el nuestro.
Creo firmemente en la fuerza de los pequeños actos. No necesitamos gestos heroicos ni grandes discursos para generar un cambio; necesitamos conciencia cotidiana. Apagar una luz, elegir productos responsables, plantar un árbol, reducir plásticos, cuidar un animal, respetar a quienes nos rodean: son acciones sencillas, pero cuando se multiplican en una comunidad, pueden transformar realidades enteras.
Estamos viviendo un momento único de la historia: el planeta nos está pidiendo un nuevo pacto. Nos muestra, con claridad y urgencia, que debemos cambiar nuestra manera de relacionarnos con él. Ya no podemos seguir viendo a la Tierra como un recurso inagotable, sino como un hogar compartido que requiere cuidado, gratitud y reciprocidad.
Mi invitación es sencilla, pero poderosa: volvamos a mirar con los ojos del corazón. Sentir gratitud por cada vaso de agua, por cada alimento que llega a nuestra mesa, por cada árbol que nos regala oxígeno. Volvamos a tratarnos entre humanos, y también con los demás seres vivos, desde el respeto y la empatía. Permitámonos detenernos, observar un amanecer, caminar descalzos sobre la tierra, sentir la energía de un árbol al abrazarlo, honrar la vida que nos rodea.
Creo que el cambio profundo empieza ahí, en los gestos cotidianos, en la conciencia de que nuestras acciones —por pequeñas que parezcan— tienen el poder de transformar. Sembrar una semilla, reducir un desecho, cuidar un animal, elegir con amor lo que consumimos: todo cuenta.
Si cada persona pudiera detenerse un instante cada día para reconocer esa conexión, el mundo sería distinto. Las decisiones que tomamos —como individuos, familias y comunidades— estarían atravesadas por un sentido más profundo de respeto y responsabilidad.
Porque, al final, todo se resume en algo muy sencillo y poderoso: si cuidamos al planeta, el planeta nos cuida. Y ese, quizás, sea el compromiso más sagrado que podemos honrar en esta vida.
Una mirada para promover la equidad social y cuidar el planeta
En un mundo cada vez más preocupado por los desafíos medioambientales y las disparidades sociales, el Foro Económico Mundial ha puesto sobre la mesa una propuesta visionaria: una economía mundial positiva para la naturaleza. Esta iniciativa podría ser el catalizador para abordar tanto la inestabilidad ambiental como la desigualdad económica.
La esencia de esta propuesta radica en un cambio fundamental en la forma en que concebimos y gestionamos nuestras actividades económicas. En lugar de ver a la naturaleza como un recurso a explotar sin límites, la economía positiva para la naturaleza reconoce su valor intrínseco y vital para la supervivencia humana. Esto implica adoptar un enfoque holístico que integre la salud del medio ambiente en todas las decisiones económicas y políticas.
Uno de los aspectos más destacados del enfoque propuesto es la inversión en soluciones basadas en la naturaleza. Desde la restauración de ecosistemas degradados hasta la promoción de prácticas agrícolas sostenibles, estas medidas no solo protegen el medio ambiente, sino que también generan empleo y promueven el desarrollo comunitario. Al priorizar la conservación de la naturaleza, se pueden crear oportunidades económicas para aquellos que han sido marginados por un sistema que valora el crecimiento a expensas de la equidad.
Además, la economía positiva para la naturaleza reconoce la interconexión entre la salud ambiental y la estabilidad económica. Los impactos del cambio climático y la pérdida de biodiversidad ya están ejerciendo presión sobre los sistemas económicos globales, exacerbando la inseguridad alimentaria, la migración forzada y los conflictos. Al tomar medidas proactivas para proteger y restaurar la naturaleza, podemos mitigar estos riesgos y construir una base más sólida para la prosperidad a largo plazo.
Sin embargo, para que esta visión se convierta en realidad, se requiere un compromiso global y acciones concertadas en todos los niveles de la sociedad. Esto implica no solo cambios en las políticas gubernamentales y empresariales, sino también un cambio cultural hacia un estilo de vida más sostenible y en armonía con la naturaleza.
La economía mundial positiva para la naturaleza no se trata solo de proteger el medio ambiente, sino de construir un futuro más justo y equitativo para todas las personas y para el planeta en su conjunto. Es hora de que nos unamos en este esfuerzo colectivo para transformar nuestra relación con la naturaleza y construir un mundo donde la prosperidad esté en equilibrio con la preservación del medio ambiente.