La música como puerta al espíritu cósmico

Antes de que existiera la neurociencia, existía la magia musical. No como superstición: como una teoría filosófica sofisticada que intentaba explicar por qué ciertas músicas cambian el estado interior de las personas de maneras que la razón no termina de alcanzar.

Marsilio Ficino fue filósofo, médico y sacerdote en la Florencia del siglo XV. En su sistema, fundado en la cosmología platónica del Timeo, el alma humana está compuesta por los cuatro elementos terrestres —tierra, agua, aire y fuego— pero es distinta del espíritu cósmico, hecho de un quinto elemento: el éter celestial. El arte de lo que él llamaba «magia musical» consistía en descubrir qué sonidos, en qué frecuencias y combinaciones, atraen ese espíritu cósmico hacia la experiencia humana.

Ficino asignó tonos específicos a cada planeta y a cada estrella, como si el cosmos fuera una partitura. Siglos después, el compositor Gustav Holst compuso su suite orquestal Los planetas —una de las obras más interpretadas del siglo XX— y los musicólogos encontraron que las correspondencias de Holst entre instrumentos, texturas y planetas eran casi una transcripción literal de los esquemas de Ficino, aunque Holst nunca lo citó explícitamente.

Para Ficino, el efecto de la música sobre el alma funcionaba como el magnetismo: así como un imán atrae el hierro sin tocarlo, las vibraciones musicales correctas atraen y canalizan las fuerzas del cosmos hacia quien las escucha. No importa si se acepta o no el marco metafísico: la intuición de que hay algo en la música que opera más allá del placer estético —algo que transforma el estado del sistema nervioso de maneras profundas— es una que la neurociencia contemporánea también está explorando.

La música más poderosa siempre supo algo que la ciencia está tardando en demostrar: que el sonido no solo se escucha. Se siente en el cuerpo, se instala en la mente, y a veces reorganiza algo dentro que no tenía nombre.

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