Hay una diferencia entre querer ser una buena persona y serlo. Y muchas veces esa brecha no se cierra con voluntad, sino con curiosidad.
La creadora y oradora Sahara Rose propone una práctica sencilla pero reveladora: cuando notes que lo que decís no coincide con lo que pensás, anotalo. Las palabras exactas que salieron de tu boca. Lo que tu mente estaba pensando en ese momento. ¿Cuál de las dos es tu verdad real?
No se trata de castigarse. Se trata de rastrear. Cada reacción desproporcionada, cada tensión que parece venir de la nada, tiene una raíz. Una conversación de infancia. Un vínculo que dejó una herida. Una creencia que nunca se cuestionó. Si no sabés de dónde viene algo, es muy difícil saber cómo resolverlo.
Sahara cuenta cómo ella misma empezó a notar sus propias disonancias: decía una cosa, pensaba otra. Y en lugar de ignorarlo o criticarse, se preguntaba con curiosidad: ¿por qué? ¿Es la situación? ¿Soy yo? ¿De dónde viene esto?

Un ejemplo cotidiano: su pareja le ofrecía cuidar su pasaporte durante un viaje, y ella reaccionaba con irritación. Al rastrearlo, descubrió que de chica sentía que nadie confiaba en su capacidad. Él no estaba siendo condescendiente. Ella estaba respondiendo a una vieja herida.
La curiosidad, en ese sentido, es el acto más compasivo que podemos tener con nosotros mismos. Y paradójicamente, es también el camino más directo hacia la honestidad brutal que el crecimiento personal requiere.
Conocerse no es mirarse al espejo y repetir afirmaciones. Es hacerse las preguntas incómodas con la misma ternura con la que le preguntarías a alguien que amás.




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