Te invitamos a una vivencia educativa para profundizar mas en la Permacultura, viviendo en una Ecoaldea y habitar este sueño colectivo.
El contenido pedagógico será desde los 7 Pétalos de la Permacultura, con una implementación práctica por día. También habrá espacio libres de conexión con el monte y regeneración interna. Hay mucha naturaleza profunda que nos abraza en la Reserva Natural La Espiral ( https://www.instagram.com/laespiralnatural?igsh=MWtxa3NtcTExZjg2Zw== ).
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:: Te esperamos para compartir esta vibración del Buen Vivir y nutrir estos proyectos Regenerativos :
Hay una diferencia entre querer ser una buena persona y serlo. Y muchas veces esa brecha no se cierra con voluntad, sino con curiosidad.
La creadora y oradora Sahara Rose propone una práctica sencilla pero reveladora: cuando notes que lo que decís no coincide con lo que pensás, anotalo. Las palabras exactas que salieron de tu boca. Lo que tu mente estaba pensando en ese momento. ¿Cuál de las dos es tu verdad real?
No se trata de castigarse. Se trata de rastrear. Cada reacción desproporcionada, cada tensión que parece venir de la nada, tiene una raíz. Una conversación de infancia. Un vínculo que dejó una herida. Una creencia que nunca se cuestionó. Si no sabés de dónde viene algo, es muy difícil saber cómo resolverlo.
Sahara cuenta cómo ella misma empezó a notar sus propias disonancias: decía una cosa, pensaba otra. Y en lugar de ignorarlo o criticarse, se preguntaba con curiosidad: ¿por qué? ¿Es la situación? ¿Soy yo? ¿De dónde viene esto?
Un ejemplo cotidiano: su pareja le ofrecía cuidar su pasaporte durante un viaje, y ella reaccionaba con irritación. Al rastrearlo, descubrió que de chica sentía que nadie confiaba en su capacidad. Él no estaba siendo condescendiente. Ella estaba respondiendo a una vieja herida.
La curiosidad, en ese sentido, es el acto más compasivo que podemos tener con nosotros mismos. Y paradójicamente, es también el camino más directo hacia la honestidad brutal que el crecimiento personal requiere.
Conocerse no es mirarse al espejo y repetir afirmaciones. Es hacerse las preguntas incómodas con la misma ternura con la que le preguntarías a alguien que amás.
Hay algo que sucede cuando entrás a una catedral que va más allá de la arquitectura imponente o el silencio reverente. Una sensación que muchas personas describen como una carga en el pecho, una vibración sutil, o simplemente un cambio de estado. No es solo imaginación.
Durante siglos, los constructores medievales eligieron los emplazamientos de las grandes catedrales de Europa con criterios que van más allá de la visibilidad o la accesibilidad. Muchos de esos sitios coinciden con lo que los geobiólogos llaman líneas de fuerza telúrica: corrientes de energía electromagnética que recorren la corteza terrestre. Chartres, Salisbury, Santiago de Compostela. Todos construidos sobre puntos de intersección de estas corrientes.
La explicación no requiere saltar al misticismo. Las catedrales góticas están mayoritariamente construidas con granito y piedra caliza, materiales con alto contenido en cuarzo, un mineral con propiedades piezoeléctricas bien documentadas: bajo presión mecánica, genera campos electromagnéticos. La enorme masa de piedra, sometida a la presión gravitatoria, actúa como un generador natural de campo. A esto se suma la acústica: las frecuencias resonantes de muchas catedrales oscilan entre 110 y 120 Hz, exactamente el rango que estudios de neuroimagen asocian con estados de consciencia modificados y activación del hemisferio derecho.
El ingeniero John Reid, especialista en cimatología, mapeó las frecuencias resonantes de varias catedrales inglesas y encontró patrones coherentes que ningún arquitecto moderno diseñó deliberadamente. El investigador Paul Devereux documentó las mismas frecuencias en Stonehenge y en dólmenes megalíticos de Irlanda. El patrón se repite en culturas y épocas que no se conocían entre sí.
Tal vez nuestros ancestros no necesitaban medir la bioenergía para saber cómo generarla. Solo necesitaban escuchar el lugar.
Antes de que existiera la neurociencia, existía la magia musical. No como superstición: como una teoría filosófica sofisticada que intentaba explicar por qué ciertas músicas cambian el estado interior de las personas de maneras que la razón no termina de alcanzar.
Marsilio Ficino fue filósofo, médico y sacerdote en la Florencia del siglo XV. En su sistema, fundado en la cosmología platónica del Timeo, el alma humana está compuesta por los cuatro elementos terrestres —tierra, agua, aire y fuego— pero es distinta del espíritu cósmico, hecho de un quinto elemento: el éter celestial. El arte de lo que él llamaba «magia musical» consistía en descubrir qué sonidos, en qué frecuencias y combinaciones, atraen ese espíritu cósmico hacia la experiencia humana.
Ficino asignó tonos específicos a cada planeta y a cada estrella, como si el cosmos fuera una partitura. Siglos después, el compositor Gustav Holst compuso su suite orquestal Los planetas —una de las obras más interpretadas del siglo XX— y los musicólogos encontraron que las correspondencias de Holst entre instrumentos, texturas y planetas eran casi una transcripción literal de los esquemas de Ficino, aunque Holst nunca lo citó explícitamente.
Para Ficino, el efecto de la música sobre el alma funcionaba como el magnetismo: así como un imán atrae el hierro sin tocarlo, las vibraciones musicales correctas atraen y canalizan las fuerzas del cosmos hacia quien las escucha. No importa si se acepta o no el marco metafísico: la intuición de que hay algo en la música que opera más allá del placer estético —algo que transforma el estado del sistema nervioso de maneras profundas— es una que la neurociencia contemporánea también está explorando.
La música más poderosa siempre supo algo que la ciencia está tardando en demostrar: que el sonido no solo se escucha. Se siente en el cuerpo, se instala en la mente, y a veces reorganiza algo dentro que no tenía nombre.
¿Cuándo fue la última vez que te diste silencio de verdad? No dormir, no meditar con música, no escuchar un podcast «relajante» de fondo. Silencio. El tipo de quietud donde no llega información nueva al cerebro.
La creadora de contenido de bienestar Organic Olivia plantea una pregunta incómoda: ¿con qué frecuencia nos damos silencio? Y la respuesta, para la mayoría, es rara vez. Porque vivimos en una cultura que mide el valor en términos de productividad, y el silencio no produce nada visible.
Pero hay algo que sucede a nivel biológico cuando bombardeamos constantemente nuestra mente con estímulos. Cada vez que escuchás algo —un video, un podcast, una conversación— tu cerebro está procesando activamente esa información. Y ese procesamiento tiene un costo: los neurotransmisores que hacen posible la atención, el ánimo y la cognición se fabrican a partir de vitaminas B y nutrientes esenciales. Cuando el flujo de estímulos no se detiene, esos recursos se agotan.
La analogía que propone Olivia es poderosa: somos como el suelo. El suelo que da vida necesita períodos de descanso. Cuando intentamos hacerlo más eficiente, cuando le exigimos producir sin pausa, se agota. Lo mismo le pasa al cuerpo humano. El invierno existe por una razón. La marea baja existe por una razón. El silencio también.
Esto resuena especialmente en las mujeres, que frecuentemente identifican que su principal desbloqueo no es hacer más, sino hacer menos: decir que no, bajar el volumen, dejar de estar permanentemente disponibles para las expectativas ajenas. Esa energía que se destina a responder, procesar y atender tiene un precio metabólico real.
Vivir en modo hustle permanente no es un signo de fortaleza. Es un sistema que se está agotando. El cero output del descanso profundo —sin pantallas, sin audio, sin input— no es pereza: es el estado en el que el ecosistema se regenera.
Experimentar el silencio es una práctica radical en el mundo de hoy. Y quizás, también, la más necesaria.
El magnesio es uno de los minerales más importantes del cuerpo: participa en más de 300 reacciones enzimáticas y es clave para el sistema nervioso, los músculos, el sueño y la energía. El problema es que no todos los suplementos de magnesio son iguales, y tomar el tipo incorrecto puede significar no obtener ningún beneficio, o directamente tener efectos no deseados.
El magnesio glicinato es probablemente el más recomendado para el estrés, la ansiedad y el sueño. Al estar unido a glicina, un aminoácido con efecto calmante, resulta muy bien tolerado por el sistema digestivo y rara vez causa molestias gastrointestinales. Es una buena opción para quienes buscan mejorar la calidad del descanso.
El magnesio treonato es el único que logra cruzar la barrera hematoencefálica de manera efectiva, lo que lo convierte en la forma preferida para apoyar la salud cerebral, la memoria y la función cognitiva. Es más costoso, pero su acción sobre el cerebro es específica.
El magnesio malato es ideal para quienes buscan apoyo energético o padecen fatiga crónica y dolor muscular. Se absorbe muy bien y tiene un efecto suave sobre la digestión. El ácido málico con el que está combinado también participa en la producción de energía celular.
El magnesio citrato, en cambio, es el más conocido y económico, con buena absorción. Su desventaja: a dosis altas tiene efecto laxante, por lo que se usa con frecuencia para tratar el estreñimiento. Para uso cotidiano, las otras formas suelen ser más convenientes.
La regla general: óxido y sulfato se absorben mal y se toleran peor. Glicinato, treonato, malato y citrato son las formas más biodisponibles y mejor estudiadas.
El mejor magnesio no es el más caro ni el más popular: es el que está diseñado para lo que tu cuerpo específicamente necesita.
De niño, fue puesto en la clase especial. Después, en la clase especial de la clase especial. Lo que el mundo le decía a través de esas etiquetas era claro: hay algo mal en vos. Sin embargo, lo que la dislexia en realidad le estaba entregando a su mente era algo completamente distinto.
La dislexia no es una herida del pasado ni un freno para el desarrollo personal; para muchos, es el origen mismo de sus capacidades más valoradas. Se trata, fundamentalmente, de la habilidad única de ver cada problema, situación u oportunidad desde una perspectiva a la que la mayoría de las personas simplemente no puede acceder. En un mundo donde casi todos están entrenados para procesar la información exactamente de la misma manera, quien piensa diferente posee una ventaja estructural.
No se trata de romantizar las dificultades reales que implica transitar la dislexia en un sistema educativo diseñado para un solo tipo de mente. El desafío es genuino, frustrante y muchas veces doloroso. Pero también lo es el otro lado de la ecuación: la capacidad innata de conectar ideas de formas no convencionales, de pensar de manera visual y de encontrar soluciones creativas que a otros se les escapan por completo.
Durante décadas, la narrativa dominante sobre la dislexia estuvo atrapada en la lógica del déficit. Hoy, afortunadamente, hay cada vez más evidencia y más voces que señalan que esa supuesta dificultad es, en muchos contextos, una fortaleza disfrazada.
La historia está llena de ejemplos: ,Agatha Christie, Leonardo da Vinci o Steven Spielberg transformaron sus respectivos campos no a pesar de cómo funcionaban sus mentes, sino justamente gracias a ello.
En definitiva, el problema nunca fue cómo funciona una mente disléxica. El problema siempre fue un sistema rígido que solo sabía medir un único tipo de inteligencia.
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